Washington, 26 abr (EFE).- Apenas se había servido una ensalada con burrata cuando el pánico se apoderó del salón y centenares de asistentes se lanzaron bajo las mesas sin entender qué estaba ocurriendo.
La expectación era máxima en la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, la primera a la que acudía Donald Trump como presidente tras años de boicot al evento. Nada hacía presagiar el giro abrupto de la velada.
Hacía apenas unos minutos que el mandatario y la primera dama, Melania Trump, habían entrado en el gran salón de baile del hotel Hilton, donde más de 2.000 invitados -la plana mayor del Gobierno, periodistas, diplomáticos y la élite de Washington— se preparaban para una noche de gala.
«¡Abajo, abajo!»
Una banda militar había marcado la bienvenida y el sonido de los cubiertos comenzaba a llenar la sala. La expectación por las palabras del presidente crecía, hasta que todo cambió de golpe.
Tres o cuatro disparos secos resonaron muy cerca de una de las mesas. «¿Qué está pasando? ¡No puede ser! ¡Abajo, abajo!», gritó alguien.
Instintivamente, los invitados, vestidos de etiqueta, se abalanzaron al suelo y se resguardaron bajo las mesas, mientras decenas de agentes del Servicio Secrete con armas largas brincaban sobre las sillas para proteger al presidente.
En la mesa principal, Trump —flanqueado por la primera dama y la presidenta de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, Weijia Jiang— apenas percibió las detonaciones y comprendió la gravedad de la situación al ver a los asistentes agacharse.
Más tarde, el propio presidente relataría que en un primer momento pensó que había caído una bandeja.
En cuestión de segundos, que se hicieron eternos, los agentes evacuaron a la pareja presidencial, al vicepresidente, JD Vance, y a varios miembros del Gobierno, entre ellos el secretario de Estado, Marco Rubio.
No era una bandeja. Cole Tomas Allen, un hombre de 31 años armado con una escopeta de caza, una pistola y varios cuchillos, había intentado acceder al evento y fue reducido por la policía sin causar víctimas.
Los invitados habían tenido que pasar por un arco de seguridad para acceder al salón, pero no para entrar al vestíbulo del hotel.
Durante esos primeros instantes, entre sillas volcadas y manteles levantados, la incertidumbre era total.
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Sin cobertura en la sala, los mensajes de alerta a familiares y redacciones quedaban atrapados en la bandeja de salida.
Desde el suelo, se pudo ver al secretario del Tesoro, Scott Bessent, cruzar apresuradamente el pasillo principal escoltado por agentes.
Del miedo a la noticia
El silencio, denso, solo se rompió cuando comenzó a quedar claro que el incidente estaba fuera del salón y que ya no había peligro inmediato. Entonces, los periodistas volvieron a hacer lo suyo: preguntar.
«Esto es la escena de un crimen», advirtió un agente a varios asistentes, antes de añadir que el lugar era seguro y que podían evacuar sin riesgo.
Poco después, las autoridades comenzaron a desalojar el recinto. En el vestíbulo y los pasillos del hotel -mismo lugar donde Ronald Reagan fue tiroteado en 1981-, los reporteros informaban a sus medios en medio de la confusión sobre si la gala se reanudaría.
Trump, a resguardo en una sala, quiso continuar con el evento para no empañar la noche, pero su equipo de seguridad le convenció de abandonar el lugar. Se dirigió a la Casa Blanca, donde, aún vestido con esmoquin, ofreció una de las ruedas de prensa más inusuales que se recuerdan.
Desde allí, el mandatario, que sobrevivió a un intento de asesinato durante la campaña de 2024, hizo un llamamiento a la unidad y a evitar la violencia.
Ante los periodistas, muchos todavía de gala, adoptó un tono inusualmente conciliador y propuso reprogramar la cena en un mes.
Mientras tanto, en el hotel, los invitados ajenos a la prensa, sin la urgencia de ponerse a trabajar, se recuperaban del susto a su manera.
Algunos se habían llevado botellas de vino de las mesas; otros posaban para fotos en el vestíbulo. «Es una noche histórica, hay que inmortalizarla», decía uno de ellos.


