En la memoria colectiva de la República Dominicana hay sonidos que no se olvidan. Entre ellos, la voz firme, solemne y perfectamente modulada de Osvaldo Cepeda y Cepeda, convertida en símbolo inequívoco de los desfiles militares y actos patrióticos del país. Durante décadas, su timbre acompañó el paso marcial de los soldados, el ondear de la bandera tricolor y el orgullo de un pueblo que encontraba en sus palabras la narrativa oficial de su historia y su identidad.
Hablar de Osvaldo Cepeda y Cepeda es referirse a uno de los grandes íconos de la locución dominicana. Su trayectoria abarcó la radio, la televisión y la conducción de eventos de Estado, pero fue en los desfiles militares donde su figura alcanzó una dimensión casi legendaria. Cada 27 de febrero, Día de la Independencia Nacional, y en otras fechas patrias, su voz se imponía con autoridad y elegancia, describiendo con precisión el avance de las distintas unidades de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional.
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No era solo una narración protocolar. Cepeda y Cepeda imprimía carácter, respeto y emoción contenida a cada frase. Su dicción impecable y su dominio del ritmo convertían el desfile en un espectáculo solemne que trascendía lo visual. Para generaciones de dominicanos, escuchar su voz era sinónimo de orden, tradición y orgullo nacional. Su estilo marcó un estándar difícil de igualar dentro de la locución oficial.
Su aporte a los desfiles militares fue más allá de la simple conducción. Supo dignificar el rol del narrador institucional, otorgándole relevancia histórica. Preparaba cada transmisión con rigor, documentándose sobre las unidades participantes, los rangos y las novedades tecnológicas de los cuerpos castrenses. Esa preparación se traducía en una narración fluida, informativa y respetuosa, que educaba al público mientras mantenía la solemnidad del acto.
Además, su presencia ofrecía continuidad. En un país donde los cambios políticos y sociales han sido constantes, la voz de Osvaldo Cepeda y Cepeda representaba estabilidad. Año tras año, su entonación servía como hilo conductor entre distintas generaciones, creando una tradición auditiva que terminó por convertirse en parte esencial del ceremonial militar dominicano.
Con el paso del tiempo, y tras varios años alejado de la conducción oficial de los desfiles, su ausencia física en la cabina no ha significado el olvido. Muy por el contrario, su legado permanece vivo. Muchos dominicanos aún evocan sus frases características y comparan inevitablemente a los nuevos narradores con aquel referente que elevó el listón de la narración institucional.
En la era digital, fragmentos de antiguas transmisiones circulan en redes sociales y plataformas de video, manteniendo vigente su impronta. Para quienes crecieron escuchándolo, basta un breve audio para revivir la emoción de los actos patrióticos frente al Malecón de Santo Domingo. Su voz, grabada en la memoria colectiva, se ha convertido en patrimonio sentimental.
La trascendencia de Osvaldo Cepeda y Cepeda radica precisamente en eso: en haber transformado un rol técnico en una experiencia emocional. Logró que la narración de un desfile militar no fuera solo un complemento, sino un componente esencial del evento. Su estilo proyectaba respeto por la institucionalidad y amor por la patria, valores que supo transmitir sin estridencias, pero con profunda convicción.
Hoy, aunque ya no esté al frente del micrófono en los desfiles militares, su influencia sigue marcando pauta. Nuevas generaciones de locutores estudian su técnica, su respiración, su cadencia y su forma de estructurar el discurso. Se convirtió en escuela viva de la locución dominicana.
Osvaldo Cepeda y Cepeda no solo narró desfiles; ayudó a construir una tradición. Su voz se inmortalizó en cada marcha, en cada saludo militar y en cada izamiento de bandera. Y mientras exista un dominicano que recuerde aquella entonación solemne describiendo el paso firme de las tropas, su legado seguirá desfilando, firme y eterno, en la memoria nacional.


