La detención de Nicolás Maduro, como resultado de una intervención militar de Estados Unidos, marcaría uno de los puntos de quiebre más drásticos en la historia política reciente de América Latina.
Más allá del impacto inmediato, el hecho abriría una pregunta central: ¿significa esto el final del chavismo tras 26 años en el poder o apenas el inicio de una transición compleja y prolongada?
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El primer elemento a considerar es que la caída abrupta del jefe del Ejecutivo no equivale automáticamente a la disolución del sistema político que lo sostuvo.
El chavismo, más que un gobierno, se convirtió con el tiempo en una estructura de poder con ramificaciones en las Fuerzas Armadas, la administración pública, el aparato judicial y sectores económicos estratégicos.
La captura de Maduro implicaría el colapso del vértice del poder, pero no necesariamente la desaparición inmediata de sus bases. De hecho, en las primeras horas y días posteriores al suceso, el principal desafío sería evitar un vacío de autoridad que derive en desorden institucional o confrontaciones internas.
Las Fuerzas Armadas, un actor decisivo
En cualquier escenario post-Maduro, el rol de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana sería determinante. Su reacción, ya sea de cooperación, repliegue o resistencia fragmentada, definiría si la transición avanza de manera relativamente ordenada o entra en una fase de inestabilidad.
Un elemento clave sería si el alto mando opta por deslindarse del liderazgo político caído para preservar la institución, o si sectores internos intentan mantener cuotas de poder. La historia regional muestra que las transiciones forzadas suelen depender más de estas decisiones que de los anuncios políticos formales.
Estados Unidos
Si Washington pasa de ser un actor de presión diplomática a protagonista directo del quiebre, su rol quedaría bajo intenso escrutinio internacional. La legitimidad del proceso posterior dependería de cuán rápido Estados Unidos ceda protagonismo a una autoridad civil venezolana, respaldada por organismos multilaterales.
Una permanencia prolongada o una influencia excesiva podría alimentar el discurso de ocupación y victimización, mientras que un retiro gradual, acompañado de apoyo técnico y financiero, facilitaría una transición más aceptada interna y externamente.
El chavismo después del poder
Lejos de desaparecer, el chavismo probablemente entraría en una fase de reconfiguración. Sin el control del Estado, podría transformarse en una fuerza política minoritaria pero organizada, con capacidad de incidencia social y electoral en el mediano plazo.
Este punto es crucial, pues excluir al chavismo del proceso político podría sembrar las bases de futuros conflictos. Integrarlo bajo reglas democráticas claras sería uno de los grandes dilemas del nuevo ciclo.
Para la oposición venezolana, y figuras como María Corina Machado, el escenario representaría tanto una victoria simbólica como una prueba histórica de madurez política.
Pasar del discurso de confrontación a la gestión del Estado, la reconciliación y la reconstrucción institucional exigiría consensos amplios y decisiones difíciles.
El reto no sería solo ganar poder, sino construir gobernabilidad en un país marcado por la polarización, el colapso económico y una profunda fractura social.
Más que un punto final del chavismo, ahora Venezuela inicia de un proceso de transición largo, frágil y vigilado.


