Cada 16 de septiembre, México celebra uno de los episodios más trascendentales de su historia: el inicio de la lucha por la independencia.
Hoy se conmemoran 204 años del acontecimiento que no solo significó la ruptura política con España, sino también el nacimiento de una nueva nación marcada por la pluralidad cultural, la búsqueda de justicia social y la construcción de una identidad propia. Hablar de la independencia mexicana es adentrarse en un proceso complejo que trascendió los límites de la guerra y dejó huellas profundas en la vida política, económica y social del país.
El movimiento independentista no surgió de manera espontánea. Fue el resultado de un cúmulo de factores que se habían gestado desde el siglo XVIII. La Nueva España vivía profundas desigualdades sociales: mientras una minoría de criollos y peninsulares controlaba la riqueza y el poder político, la mayoría de la población, compuesta por indígenas, mestizos y sectores populares, sufría explotación, discriminación y falta de oportunidades. A esta situación se sumaba la influencia de las ideas ilustradas, que llegaban desde Europa a través de libros y noticias, así como el impacto de movimientos como la independencia de Estados Unidos en 1776 y la Revolución Francesa en 1789.
La crisis de la monarquía española, provocada por la invasión napoleónica en 1808, abrió una grieta que permitió a los criollos cuestionar la legitimidad del dominio español. Fue en ese contexto cuando un grupo de hombres y mujeres comenzó a conspirar en distintas ciudades de la Nueva España. Entre ellos destacaban Miguel Hidalgo y Costilla, Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez y otros que veían la oportunidad de transformar el destino del virreinato.
La madrugada del 16 de septiembre de 1810, Hidalgo lanzó el famoso llamado que pasó a la historia como el “Grito de Dolores”. Con esa arenga, no solo invitaba a levantarse contra el dominio español, sino también a luchar contra la injusticia y la opresión. Lo que inició como una insurrección local se transformó rápidamente en una guerra que se extendió por más de una década.
La primera etapa de la independencia estuvo marcada por el liderazgo de Hidalgo. Sus ejércitos, formados en gran medida por campesinos e indígenas, obtuvieron importantes victorias iniciales, pero también enfrentaron derrotas debido a la falta de organización militar y a la represión virreinal. Tras la muerte de Hidalgo en 1811, la causa fue retomada por José María Morelos, quien dio un nuevo sentido político y social al movimiento.
Morelos no solo buscaba la independencia, sino también la creación de una nación más justa e igualitaria. En 1813 convocó el Congreso de Chilpancingo, donde presentó los “Sentimientos de la Nación”, un documento visionario que proclamaba la soberanía del pueblo, la abolición de la esclavitud y la eliminación de las castas. Bajo su liderazgo, el movimiento independentista adquirió un programa más estructurado, aunque finalmente fue derrotado y ejecutado en 1815.






A pesar de los reveses, la llama de la independencia se mantuvo viva gracias a líderes insurgentes como Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria y otros combatientes que resistieron en las montañas y en las comunidades rurales. Estos hombres mantuvieron la guerra de guerrillas, evitando que la causa se extinguiera del todo.
La etapa final de la independencia estuvo marcada por un giro inesperado. En 1820, el restablecimiento de la Constitución liberal en España generó inquietud entre las élites criollas, que temían perder sus privilegios. Fue entonces cuando Agustín de Iturbide, un militar realista, decidió pactar con los insurgentes. El resultado fue el Plan de Iguala de 1821, que proclamaba la independencia, la unión entre criollos y peninsulares, y la defensa de la religión católica. Ese pacto permitió la entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Ciudad de México el 27 de septiembre de 1821, poniendo fin a más de 300 años de dominio colonial.
La independencia, sin embargo, no resolvió de inmediato los problemas de desigualdad y pobreza que habían motivado la lucha. México inició su vida como nación independiente con enormes retos: un territorio vasto y diverso, instituciones débiles, divisiones internas y un contexto internacional complejo. La inestabilidad política, las luchas entre liberales y conservadores, así como la intervención extranjera marcaron gran parte del siglo XIX.
No obstante, la independencia dejó un legado invaluable. Sentó las bases para la construcción de un Estado soberano y sembró la semilla de la identidad nacional. La figura de Hidalgo, considerado el Padre de la Patria, simboliza la rebeldía y el anhelo de justicia. Morelos representa la visión de un país más incluyente, mientras que Guerrero encarna la resistencia y la lealtad a la causa popular. Cada uno de ellos aportó elementos que siguen siendo referentes en la historia mexicana.
La conmemoración de la independencia no es solo un recuerdo del pasado, sino también una oportunidad para reflexionar sobre los desafíos del presente. México, como nación, aún enfrenta problemas de desigualdad, violencia y corrupción que remiten a los mismos reclamos de justicia social planteados hace más de dos siglos. La independencia debe entenderse como un proceso inacabado, como una inspiración para seguir construyendo un país más equitativo y democrático.
Hoy, conmemorando 204 años, las celebraciones del 16 de septiembre no se limitan al tradicional Grito en Dolores Hidalgo o en el Zócalo capitalino. En cada plaza pública, en cada comunidad, en cada hogar donde se entona el himno y ondea la bandera, se revive el espíritu de aquella madrugada de 1810. Es la reafirmación de que, pese a las dificultades, México es una nación que nació de la lucha, la esperanza y la búsqueda constante de libertad.
La independencia mexicana, con todas sus luces y sombras, es un recordatorio de que la historia no es un relato cerrado, sino un camino en construcción. En cada generación, en cada ciudadano, recae la responsabilidad de continuar el proyecto de nación que comenzó hace más de dos siglos, con el repicar de las campanas de Dolores y la voz firme de Miguel Hidalgo llamando a la insurrección.


