Así es volar con dominicanos

La experiencia de volar desde o hacia República Dominicana es un cóctel de emociones. Puede enfurecer o hacer morir de risa, depende de los remilgos, pero nunca deja impávido.

El muestrario es casi inagotable: desde la señora de mediana edad que sigue poniendo su pelo en manos del tubi, hasta quien no puede controlar su amor por el mangú y logra introducirlo al avión, valiéndose de artimañas, ese puré de plátano verde con salami que es marca país.

Todo comienza en el counter de la línea área, con mayor frecuencia en los vuelos de regreso al país. Encomendándose a la Virgen de la Altagracia, los criollos embuten las maletas hasta casi hacerlas reventar. “Ojalá me toque alguien bueno y me la dejen pasar”, se escucha decir. Tan frecuentemente ocurre que, contaba una viajera a Diario Libre, los encargados del chequeo han normalizado la frase “Comience a sacar”, cuando el cliente es dominicano. Pronunciada de golpe y sin expectativa de pago extra, las tres palabras son el conjuro que convierte el lugar en una “reguera”.

Los aparatos de rayos equis que rastrean artículos prohibidos en los vuelos, sacan a la luz para consumo masivo escenas como la del hombre dominicano llegado a Madrid con un enorme pote de habichuelas con dulce que hizo desternillarse a los agentes aduanales, incapaces de entender qué era aquello. El video se hizo viral en su momento.

“Algunos llevan comida y la sacan en el avión“, dijo una entrevistada. Los escrúpulos sobran porque ella, confiesa con una sonrisa, en su último vuelo comió pan de maíz que llevó su acompañante. ¿O fue arepa?

Los hay que tampoco se resiste a disfrutar de un sancochito o un arroz con habichuelas a doce mil metros de altura. Ni unos fritos verdes con longaniza. Cuestión de gusto, pero, en todo caso, idiosincrasia nacional.

¿Cómo lo hacen? Pura magia caribeña. Aunque las regulaciones pueden variar de una línea aérea a otra, hay alimentos prohibidos por igual en casi todas. Estos incluyen salsas, ketchup, sopas o cualquier otro alimento líquido, y alcohol de alta gradación, salvo que se compre en las tiendas libres de impuestos justo antes de abordar.

No se hable del equipaje de mano, ¿o de espaldas?, que colocado donde mejor parezca porque “yo no soy p… y pagué mi cualto”, deja sin espacio para el suyo sobre su propio asiento al último de la fila. Por lo general, en este momento comienza el primer skecht del vuelo. El colorido intercambio verbal entre los pasajeros concernidos es lección magistral de tigueraje. Con paciencia aprendida –y pagada– la azafata o el azafato pone todo su empeño en evitar que la sangre llegue al río.

“Esos vuelos de la República Dominicana son el final. Tantas cosas uno ve ahí que no te puedo explicar”. La frase resume lo dicho por varias personas consultadas por Diario Libre que, entre risas y a veces con pesar, recuerdan anécdotas sobre el comportamiento poco convencional de sus compañeros de viaje.

Un trago pa’ lo’ nervio’
Así como hay quien entra con su mangú para “ir haciendo estómago”, hay quienes prefieren un trago de alcohol. “He visto gente que, si no es con alcohol, no sube al vuelo”, asegura uno de los consultados.

Como el alcohol no pasa el control aduanal, no son raros quienes lo embotellan en el cuerpo. Llegan al aeropuerto chispeantes, cuando no ebrios, continúan la ingesta en los bares de la terminal y la prolongan en el avión.

Chercha del aterrizaje
La sola visión del pedacito de isla desde la ventana del avión dispara la dopamina de los criollos que regresan. Aplauden, cada vez menos estruendosamente, pero siempre con entusiamo, no solo en tributo al piloto que los condujo sanos y salvos a su destino, sino también por haber logrado volver a la única tierra que sienten suya.

Por último… ¡las sillas!
Típico de los aeropuertos dominicanos, la cantidad de personas que solicitan sillas de ruedas no parece ruborizar a nadie, muchísimo menos a quienes las usan. Tan larga es la fila en los salones de espera que un extranjero recién llegado creerá haberse equivocado y puesto el pie en el país de las discapacidades, y no en el de sol y playa prometido.

El año pasado hubo 164,000 solicitudes de sillas de ruedas en el Aeropuerto Internacional de las Américas José Francisco Peña Gómez, según los registros mensuales. 164,000 dominicanos y dominicanas que “se las saben todas”.

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